NACIÓ UN 8 de SEPTIEMBRE. MI PAPI… EL MAESTRO…

Papá fue para nosotros una figura poderosa, que siempre estaba en mundos extraños para nuestras mentes infantiles. Eran tiempos sin TV ni Internet. Leíamos noticias sobre él que llegaban de Helsinki, de Skopje, de Dubrovnik, de Utrecht o de Tarragona.

Cuando volvía de esos lugares nos traía pequeños regalos: un pañuelo bordado de Belgrado, una máscara china o una muñeca vestida de geisha.
De Brasil traía pimienta… todo el equipaje olía a pimienta.
Una vez, de San Pablo, me trajo una araña pollito embalsamada.
Ahora pienso que eran regalos propios de un muchacho huérfano de madre que imaginaba que una araña pollito embalsamada podía resultarle divertida a una nena. Y acertó. Mis compañeras de colegio lo consideraron un ídolo por aquello.

A principios de los ’60 trajo una caja de habanos realizada en fina madera labrada, con un caballo de ajedrez incrustado en la tapa. Decía “Capablanca in Memorian / Gran Maestro Héctor Rossetto”. “Me la regaló el Che Guevara”, dijo….

Venía de la Cuba de la Revolución y traía las cartas de Ernesto para sus seres queridos. Nos decía que nunca había conocido a alguien que, como él, expresara con más claridad su tirria por la obsecuencia.

Esa caja constituía, o presidía, una especie de tesoro junto a las copas, plaquetas y a las fotos con Humprey Bogart, con Charles Boyer, con Carmen Miranda en su piscina de Hollywood y con Marlene Dietrich… para envidia de muchos varones de su edad, incluído Osvaldo Bayer.

Pero en realidad –con el tiempo nos dimos cuenta –el verdadero tesoro era la amistad que aquella caja bien simbolizaba y que, lógicamente, no se circunscribía al Che sino a un enorme, estrecho círculo de amigos donde se mezclaban alegremente los ilustres e ilustrados con los atorrantes de la calle, de los clubes y de los hipódromos.
Estuvo siempre abierto a la amistad en estado silvestre, y ése era su tesoro.

A nuestra casa en Parque Chacabuco venían tanto grandes maestros como Bobby Fischer, Smislov, Bielicki, o Foguelman como cualquier jugador de tercera del Club Argentino o un gordo del Club Mariano Boedo con quien mi papá jugaba a los dados una generala “húngara”. A veces los gordos eran dos o tres.

Lo extrañábamos horrores cuando no estaba. Siempre lejos y siempre regresando a casa. Regresando al amparo del amor de mamá… (llegaron a cumplir 64 años de casados)

No es ninguna novedad que tenía una memoria, una inteligencia y una curiosidad increíbles. Y era muy valiente, se atrevió a superar una orfandad temprana y llevar su tablero por los caminos del mundo..

Cuesta vivir sin él… Y si hay algo que pudiera reprocharle es el hecho de no haber querido enseñarnos a jugar al ajedrez. “Es una pérdida de tiempo, che, vayan a estudiar”.

Mi papi…

 

La Habana. Papá juega y el Che observa. Nos contó mi papi que era un jugador de primera categoría… ¡además de todo lo demás que admiramos en él!

 

Papá jugando en Hollywood… Marlene observa y, cada tanto, cuidaba el silencio de la sala. Me contó mi padre que iban a comer comida italiana que acompañaban con vino tinto.

 

La familia Rossetto en pleno.
De izquierda a derecha: Lucía, Héctor, papá, Agustina y Santiago. Y sentadas, mamá y yo abrazando a los bisnietos. De los cuatro nietos que tuvieron falta en la foto Pablo Patricio… luego vinieron al mundo dos bisnietxs más.

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