EL BARRIO SIMÓN BOLÍVAR Y LOS VECINOS QUE GUARDO EN EL CORAZÓN

Cuando con mis padres y mi hermano nos mudamos de la ciudad de Nueve de Julio a Buenos Aires, al barrio Simón Bolívar donde el Presidente Juan D. Perón había hecho construir cinco grandes monoblocks de más de un centenar de departamentos cada uno con un hermoso y arbolado parque en el medio de ellos, no sabía que allí pasaría una infancia feliz rodeada de vecinos generosos y solidarios.

Ése fue mi primer encuentro con el “pueblo peronista” ya que nunca escuché hablar de peronismo en el ámbito de mi familia materna en el pueblo donde nací.

Aquellos vecinos, de ese barrio recién construído, eran verdaderamente familia y todo se compartía: una rica comida recién horneada, un televisor recién comprado (por cierto, en nuestra casa nunca hubo uno y yo veía “Patrulla de Caminos” o “Ruta 66” en la casa de doña Julia del Piso 10) o los mimos de alguna madre cariñosa como Dorita del Piso 9.

El quedarse a dormir en otra casa que no fuera la tuya nunca lo había experimentado hasta que llegamos al Simón Bolívar.

En una de las fotos se ve el cumple de 15 de Cristina Riera que vivía con su mamá Maruja pared de por medio de nuestro departamento. Maruja era enfermera y no recuerdo que nunca nadie que no fuera ella entrara a casa a inyectarnos. En la foto se me ve más pequeña que las invitadas ( porque lo era, claro está), y molestando con un silbidito que había aprendido de mi abuelo.


En la otra foto está Dora Rodriguez, nuestra querida Dorita, con mi mamá que, aunque menor, fue su amiga y confidente hasta el último día de su vida. 


Y agregué una vista del parque desde nuestro balcón del primer piso…ese parque sigue siendo para mí un espacio de sonidos antiguos y feliz calma cuando lo visito.

Mirando la foto, acabo de darme cuenta que a pesar de mi edad me dejaron tirar la cintita… eran muy generosos los vecinos, ¡jaja!
La querida Dora en nuestra casa donde se ve la foto “artística” de mi viejo que mi madre quiso colgar en el living junto a los cuadros que Rossetto trajo de Amsterdam del Museo de Rembrandt. Uno de ellos está ahora sobre mi cama pues fueron imágenes muy potentes en mi infancia.
La vista del parque desde nuestro balcón. En ese banco de piedra solíamos sentarnos en las noches de verano hasta la madrugada… creo que aún está.

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